Delirium: vuelve Cirque du Soleil
Por fin han vuelto. El nuevo espectáculo del Cirque du Soleil llega a España con parada en Madrid. Con Delirium llegan los grandes recintos, la realidad virtual, los hologramas, y el sonido multimedia. El prestigioso premio del Billboard Creative Content y una gira que ha recorrido más de 30 ciudades en Estados Unidos, avalan la calidad del nuevo show del circo del sol. Las oportunidades son escasas: tan sólo podrá disfrutarse del 4 al 9 de diciembre en el Palacio de Deportes de Madrid. No se pierdan a estos artistas que han logrado, desde su inicio sobre los escenarios hace ya 20 años, que más de 50 millones de espectadores en más de cien ciudades en los cuatro continentes hayan sido cautivados por sus espectáculos.
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Anoche, después de un día duro en el trabajo, salimos disparados con la ilusión de poder disfrutar, como siempre, del maravilloso espectáculo del Circo del Sol. Habíamos convencido a unas amigas de que, si no habían estado nunca, era algo imperdonable y se unieron a los deseosos (nosotros) de fantasías y espectáculo para acudir al Circo del Sol. Resulta que a partir de hoy, para ellas, lo imperdonable va a ser haber accedido a venir.
Después de casi 40 minutos para acceder al maravilloso y caro parking del recinto (5 euros, pagados por adelantado, para evitar hacer colas después, o para que fueran haciendo caja…), después, decía, tuvimos que recorrer unas distancias kilométricas por los sótanos del edificio primero, y por las preciosas instalaciones después (vale, es la Feria de Muestras y allí todo es grande, y yo soy de pueblo, pero si no hubiésemos tardado tanto en poder acceder al parking, luego no hubiésemos tenido que recorrer esas distancias a “mata caballo”). En efecto, parecíamos un rebaño de ñus con la vista fija al final del camino, sorteando accesos, registros de bolsos, enormes maceteros y escaleras mecánicas y sin mecanizar. Yo creo que ni en el Serengueti hubiésemos tenido tantos obstáculos, por las prisas del momento. Encima, el amable señor que cortaba las entradas en la puerta, jocosamente gritaba: “en cinco minutos cerramos”, y mirábamos hacia atrás, pensando que si lo seguía diciendo, allí íbamos a morir en el tumulto. Conforme ibas pudiendo encajarte en las escaleras mecánicas, sólo pensabas que si en ese momento eso estaba así, que hemos llegado “escalonadamente”, qué pasaría a la salida.
Por supuesto, todo esto es anecdótico, porque íbamos con la ilusión a flor de piel, como siempre…
Cuando accedimos al pabellón nos quedamos atónitos al ver la cantidad de sillas que había dispuestas en frente de un escenario, majestuoso. ¿No hay demasiada gente? Vale, nuestra entrada era de “las baratas”, (gracias al cielo), y una vez localizada la sillita, allí, al fondo, en un lateral, y mirar desde allí el escenario… pues no sé qué pasó, que dejó de parecernos majestuoso para pasar a ser grande y lejano… sobre todo lejano. Esa sensación vino unida a otras que ahora describiré cuando, una vez allí, tomamos asiento. Entonces, de repente, además de (grande, sí, y) lejano, pasó a ser “difícil”. Yo observaba con detenimiento el tamaño de la cabeza del señor que tenía delante, intentando explicarme porqué, si era, aparentemente de un tamaño normal, conseguía, sin grandes esfuerzos, taparme un tercio del escenario por completo. Bueno, si me muevo a la derecha… no… ¿y a la izquierda? Tampoco… Siempre había una o dos “cabezas de a un tercio”. Bueno, esperemos que todo sea relativo, como lo es casi todo en la vida, y cuando empiece el espectáculo, hayan tenido en cuenta todos los previsibles obstáculos visuales y esto mejore. Así, me imaginé a los señores que colocaron las sillas, sentándose en cada una de ellas y comprobando que sí, que ok, que esa persona que había pagado por ver el espectáculo, lo iba a ver.
Cuando la voz en off nos advirtió de que íbamos a empezar a gozar (siempre y cuando no se hicieran fotos, ni sonasen móviles, ni oportunásemos la concentración de los artistas), y bajaron la luz, de repente, pasó algo insólito: todos los cuellos delante de nosotros, crecieron como 10 cms hacia arriba. A continuación se ladearon a derecha e izquierda y cada cuál, como pudo, fue buscando un ángulo de visión óptimo. Resulto ser un esfuerzo en vano, porque de óptimo a inútil, hubo 5 segundos.
Encajonada entre dos personas (menos mal que uno de ellos era mi pareja y no importaba que me arrimase, pero me pregunto yo cómo lo pasarían los que no tuviesen “caldo” con su compañero de al lado…), cuando salió el primer artista al escenario me froté los ojos (tengo un 100% de visión, o eso dice mi oftalmólogo), e intenté adivinar si era, persona, cangrejo, alfeñique o fregona. Por los movimientos, parecía una persona, sí… Pero, un momento ¿así iba a “ver” todo el espectáculo?. Sí, querida, así, siempre y cuando los cuellos no siguieran creciendo, porque entonces aún sería peor. Dicen que la distancia es el olvido… en este caso fue el desastre.
Bueno, venga, que es el Circo del Sol, que, aun con todo valdrá la pena… Error. De verdad que fuimos con una tonelada de ilusión por experiencias anteriores, pero ¿qué fue aquello? Menos los encargados de lanzar vídeos a las pantallas monumentales y los artistas de forma individual… ¿era un musical? ¿eso era la deliciosa música del Circo del Sol? Tenemos todos los DVD de todas las actuaciones y no sonaba a nada parecido. Nunca, jamás había pensado que no dejaría de mirar el reloj para ver cuándo iba a acabar aquello, mientras pensaba dónde había guardado el número de teléfono de mi fisioterapeuta para llamarle al día siguiente y me deshiciese las contracturas que estaba ganando a pulso con posturas increíbles para acceder de alguna manera a visualizar aquello. Vale, gustos para todos, y a los que les pareció genial, pues me alegro por ellos. Yo no reconocí al Circo del Sol. Realmente fue un delirio, lejano, pero delirio. Mis amigas creían reconocer “al Rey León” en algunas de las actuaciones y no podía quitarles razón. Tuvo números geniales (creo, porque no alcanzaba a distinguir las extremidades de los contorsionistas), pero en conjunto, no me dio un vuelco el corazón, como siempre. Me dieron varios vuelcos las cervicales.
Seis mil personas… ¡seis mil personas! ¿Dónde quedó anoche la exquisitez del Circo del Sol? ¿Por qué no 1.000 personas, seis veces más? Ah, sí, las cuentas…
En fin, no voy a contar el desastre para conseguir salir de allí, porque sólo podíamos pensar en que, ese mal rato que estábamos pasando para llegar al coche, no podía ser, ni en mil años, más decepcionante que la experiencia en conjunto “sufrida” (de verdad), dentro del pabellón. Tal vez fue un problema de ir allí con otras expectativas, o simplemente, que teníamos un mal día, no sé. Sólo sé que todavía me duelen el cuello, la espalda y las retinas.
Una y no más.